Fue una mañana, cuando enfermo me hallaba,
sin esperanza de volver a la vida.
Cual peregrino, cual ave que no anida,
por vez primera, oí su voz llamar.
Coro
Mansión eterna, yo tengo allá en el cielo;
yo no me desespero en este mundo estar.
Razón yo tengo, yo tengo para amarle,
pues Él vino a buscarme y me dijo: “Tú te irás”.
Vagué perdido como oveja extraviada,
por este mundo de engaño y vanidad.
Mas fue entonces, en aquella mañana,
cuando perdido oí su voz llamar.
Surgió un milagro, Cristo cambió mi vida;
cuando perdido me pudo rescatar.
Sanó mi cuerpo, también mi alma abatida,
por vez primera oí su voz llamar.

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