Fui un ciego que en mi camino andaba,
muy lejos de mi Salvador,
sin mirar esa luz que me alumbraba:
la luz del eterno Redentor.
Y los pasos de Jesús me alcanzaron
cuando yo iba perdido en el error.
//¡Fue mi Cristo bendito que me hablaba
con su tierna voz llena de amor!//
Fui un ciego tan necio en mi camino
que a lo profundo del mar me encaminé.
Fui una víctima que en garras de las olas
por momentos me sentía fallecer.
Pero Cristo tan tierno en su cariño
me ofrecía salvarme del terror:
//de la muerte tan cruel que me esperaba
en las garras del mundo engañador.//
Una luz esplendente de consuelo
enfocó a mi pobre corazón:
fue la luz del precioso Evangelio,
la palabra que trae salvación.
No podía menos que alzar mis ojos
contemplando al que murió en la cruz
//y extenderle mi temblorosa mano
aceptando en mi alma a Jesús.//
Ahora canto gozoso a mi Cristo,
quien salvó mi alma del turbión.
Él fue muerto un día en la cruz
solamente por darnos salvación.
Y si tú, amigo, estás cansado,
y agobiado a punto de morir,
¡ven a Cristo, entrégale hoy tu vida!
¡Él te quiere hoy mismo hacer vivir!

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