Como en un vislumbrante atardecer el sol se oculta,
allá en la lejanía del cenit inmensurable;
sin que nadie jamás pueda seguir su larga ruta,
se disipa en destellos y parece dilatarse.
Al regresar de nuevo con el alba mañanera,
la esfera terrenal deja sentir un suave encanto.
¡Las aves y los árboles en dulce primavera
entonan al Creador cantos de amor, himnos y salmos.
Coro
¡Unámonos, también, en dulce canto
de alabanza y loor a nuestro Salvador!
¡Quien su vida entregó por rescatarnos
del suplicio de la condenación!
En dislocada espera del Señor estemos siempre,
muriendo cada día como el sol en la penumbra,
hasta que llegue el alba de la gloria incorruptible
que nos dará Jesús al levantarnos de la tumba.
Para entonar entonces aquel himno misterioso
de loor sempiterno al Creador del universo,
por habernos legado en Jesús su amor inmenso
y dejarnos vivir la eternidad en su reposo.

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