¡Por la mañana yo dirijo mi alabanza
al Dios que ha sido y es mi única esperanza!
¡Por la mañana yo le invoco con el alma
y le suplico que me dé su dulce calma!
El nos escucha, pues nos ama tanto
y nos libra de cualquier quebranto.
¡Nos da su mano poderosa y fuerte
para librarnos de la misma muerte!
Cuando la noche se aproxima tenebrosa,
en elevarle mi oración mi alma se goza.
Siento su paz inagotable, dulce y grata,
aunque temores y ansiedad Cristo los mata.
¡También elevo mi cantar al cielo
cuando a la tierra baja el negro velo!
El sol se oculta, pero queda Cristo
a quien mis ojos en el sueño han visto.
Brilla su lumbre bienhechora mientras duermo.
Pone su mano sobre mí, si estoy enfermo;
me fortalece y me alienta con el sueño,
pues es mi Dios, mi redentor; él es mi dueño.
Al despertar por la mañana siento
que Dios invade mi alma y pensamiento.
Veo a Jesús, mi redentor amado,
por mi pecado en una cruz clavado.
Veo la sangre de sus manos que ha brotado,
veo la sangre borbotando en su costado.
Una corona de espinas en su frente,
la multitud escarneciéndole insolente.
Pero qué dicha cuando al cielo sube,
lleno de gloria en majestuosa nube.
Está en el cielo y me prepara hogar,
viene muy pronto su iglesia a llevar

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