Por una senda estrecha andaba yo,
y allí a un extraño vi.
La carga que llevaba me mostró;
era una cruz que conocí.
Coro
Ven, trae tu cruz y sígueme,
oí su tierna voz llamar.
Negarme nunca puedo a quien por mí
su vida quiso dar.
Clamé al Señor Jesús y él me habló;
sus manos lastimadas vi.
Las huellas del desprecio que él sufrió,
sufrió por redimirme a mí.
Tu cruz permíteme cargar, hablé,
y otra cruz me señaló;
la misma que con miedo deseché
cuando antes él me la ofreció.
La senda sigo que su fin tendrá
en gloria eterna, paz y amor;
donde por la cruz corona me dará
mi guía fiel, mi Salvador.

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